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“Prestar servicio en el País Vasco fue muy duro, vivíamos con el miedo de sufrir un atentado”

“Prestar servicio en el País Vasco fue muy duro, vivíamos con el miedo de sufrir un atentado”

Esta semana D-Cerca ha entrevistado a Antonio Valverde, vecino de El Ejido y Guardia Civil retirado que ha contado sus diversas vivencias

P. - ¿De dónde es?
R. - Nací en Melilla, viví allí hasta los 12 años que perdí a mi padre y me fui a estudiar a un colegio interno en Murcia. Cuando me saqué el graduado escolar volví a Melilla, donde solicité hacer el servicio militar voluntario con 16 años, hice el campamento en Viator y volví a mi ciudad de origen donde realicé lo que me quedaba de servicio militar en el RAMIX 32 (Regimiento Mixto de Artillería de Campaña número 32). Cuando terminé el voluntariado me reenganché en el ejercito hasta los 20 años, cuando salí de este me preparé para los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, aprobé sin plaza para la Policía Nacional, esperé y como no me llamaron hice las pruebas para la Guardia Civil, conseguí acceder y entré en la academia de Úbeda en 1982. Mi siguiente etapa tuvo lugar en el Móvil de Logroño, y durante cuatro o cinco años estuve cubriendo las plazas que se necesitaban en las diferentes ciudades del País Vasco. Continué allí hasta que salieron vacantes en Almería, donde primero estuve en un pueblo de la sierra, Gérgal, y finalmente pedí el traslado a El Ejido, donde me quedé hasta que me prejubilé el pasado año.
 
P.- ¿Por qué decidiste quedarte en El Ejido después de haber vivido en tantas ciudades?
R.- Es un pueblo relativamente grande, donde vi un buen futuro y muchas salidas para las que serían mis hijas. En Gérgal en aquella época por no tener, no tenía ni médico y en el cuartel vivíamos en casa prefabricadas, aunque ese el destino que me permitió conocer a la que a día de hoy continúa siendo mi mujer y la madre de mis hijas.

P.- ¿Cómo conoció a su mujer? 
R.- Estaba destinado en Gérgal y patrullaba en su pueblo, Nacimiento, tuve la suerte de ver por primera vez al bombón de mi mujer en una noche de fiestas que me tocó estar allí. Esa noche uno de sus primos, compañero mío en la profesión, me la presentó y estuvimos hablando. A partir de ese momento, cada vez que iba de patrulla al pueblo sabía a qué hora iba a comprar al mercadillo y procuraba coincidir con ella para verla. Uno de los días que terminé de servicio, fui a su casa y le pedí permiso a su padre para salir con ella. Recuerdo que uno de los hermanos de mi mujer entró en pánico cuando me vio de uniforme, ya que pensaba que iba a arrestarlo por ser cazador. Al año de conocernos nos casamos, y a los cuatro años nos trasladamos a vivir a El Ejido, el que sigue siendo nuestro hogar y donde nacieron nuestras preciosas hijas, Jessica, y las mellizas, Paola y Mari Ángeles. 

P.- Como me ha comentado le tocó vivir en el País Vasco la época ‘caliente’ de ETA, ¿fueron muy duros esos años?
R.- Bastante duros. Recuerdo que no podía ni dormir, me pasaba las noches en vela pendiente de sí escuchaba algo raro. Era un sinvivir, cada vez que salía a la calle tenía que llevar el arma encima, aunque no fuese de servicio. Cuando iba a subirme al coche, siempre miraba debajo por si me habían colocado alguna bomba. Allí lo peor que había era ser Guardia Civil o estar con uno de ellos. Una muchacha de uno de los pueblos en los que trabajé estaba saliendo con un compañero y debido a la presión a la que estaba sometida por parte de la juventud, tuvo que dejarlo. Además, allí no teníamos apoyo de las otras fuerzas de seguridad, que era la Ertzaintza, también estaban los militares, Diputación Foral de Vitoria, el único apoyo que teníamos.

P.- ¿Vivió algún atentado?
R.- Dos. El primero fue en Vitoria, en el puesto de Araya, en frente había un descampado, donde estaban las casas de los maestros, un campo de fútbol al lado y el pabellón de deportes donde esa noche actuaba un grupo musical, ‘La Polla Record’. Durante la actuación, tiraron una granada con un lanzagranadas, el primero fue directo al cuarto de puertas, donde estaban todas las emisoras y teléfonos, así como un compañero prestando servicio junto a su esposa y su hija que se encontraban hablando por teléfono, que tuvieron suerte y se salvaron. El segundo proyectil quedó encajado en un letrero en el que se podía leer ‘todo por la patria’ que afortunadamente no explotó y fue desactivado más tarde. En el segundo atentado recibimos una llamada telefónica en la que nos decían que había una bomba en la vía del tren, en un pueblo llamado Elburgo, era la entrada y salida de una vía del tren, cuando llegó el primer coche patrulla, al bajarse uno de los Guardias, pisó el cordón que activaba el explosivo y el coche voló por los aires, realmente no había ninguna bomba en la vía, si no que era una trampa para la patrulla. En este último atentado murió uno de mis compañeros, procedente de Almería y el otro quedó mutilado.

P.- Entre tanta tensión, ¿tenía tiempo para divertirse? 
R.- Siempre había tiempo para distraernos. Recuerdo que allí distraerse era alquilar una película y verla en el pabellón, ya que cuando salíamos fuera, por ejemplo, en el bar, los propios ciudadanos se dedicaban a provocarnos, decían cosas como “ya vienen los txacurras’, que significa “ya vienen los perros”. Por esto decidíamos quedarnos en el pabellón con las bebidas y las películas sin escuchar insultos ni provocaciones, y así pasábamos las noches. 

P.- ¿Cómo fue empezar una vida en Almería después de ese caos?
R.- Fue algo muy liberador, imagínate, de pasar todo el día pendiente de que no te maten, a venir al sur, donde en aquella época no había tanta delincuencia. En Gérgal sí tuve la oportunidad de quedar con los compañeros de trabajo y salir a tomarnos unas copas. No había mucho más para divertirnos por la zona, no me gustaba practicar deporte, y además yo era el único soltero, por lo que me sentía raro cuando quedaban todos con las mujeres y yo estaba solo, pero de vez en cuando me unía a ellos para jugar un bingo.
 
P.- ¿Qué es lo que más te gustaba de tu profesión? 
R.- Conocer gente y el trato con la población, me gustaba mucho estar con la gente del pueblo, se acercaban a contarme sus problemas y anécdotas de su día a día, cosa que ahora no pasa. Quizá por algún problema que ha tenido algún compañero y lo hemos terminado pagando todos. 

P.- De todo lo que ha hecho en su vida, ¿de qué se sientes más orgulloso? 
R.- De haber conocido a mi maravillosa mujer y haber formado la familia que tengo, eso es lo más grande que he logrado. 

P.- Me ha comentado que tiene tres hijas, ¿cómo es vivir en una casa llena de mujeres?
R.- Es lo más bonito que hay. Aunque yo solo mando cuando estoy solo en casa, ya que ellas se adueñan de todo, pero no las cambiaría por nada. 

P.- Para ir concluyendo, ¿recuerda alguna anécdota que quiera compartir con los lectores de D-Cerca?
R.- Recuerdo una noche de servicio en Punta Entinas, uno de los oficiales nos dijo que nos bajásemos del coche para proceder a la detención de un individuo. Era verano, pero aun así mi compañero y yo llevábamos el chaquetón puesto, el oficial nos miró con cara de póker, ya que no entendía por qué íbamos así en pleno verano. Cuando llegamos al cuartel nos quitamos los chaquetones asfixiados de calor y el oficial, llegó lleno de picaduras de mosquitos, cuando nos vio riéndonos entendió porque llevábamos los chaquetones a pesar del calor que hacía y aprendió que a esa zona hay que ir preparados.

P.- Con la gran experiencia que tiene de todo lo vivido, ¿qué consejo les daría a los jóvenes de hoy?
R.- Mi consejo sería que no se dejasen llevar por las tentaciones que hoy la noche les pone por delante y que intenten valorar más a las personas que les rodean ya que tienen la suerte de vivir una época preciosa en la que no viven asustados por terroristas y pueden disfrutar de cada día.